lunes, 11 de julio de 2011

Certezas


Por decisión de alguna inteligencia superior —supongo— aquel hombre caminaba tranquilamente por la avenida principal de la ciudad en la que nació. En una esquina un joven repartía unos folletos con desgano, los cuales eran casi insertados antes que ofrecidos a los peatones.


Él era uno más entre esos peatones, así que corrió con igual suerte que la mayoría, recibiendo la estocada de un pedazo de papel por parte del joven en la esquina. Cuando sintió el golpe se detuvo en seco y con suma calma extirpó aquel papel de la palma de su mano. Observó las letras de imprenta antigua que se dibujaban sobre el fondo completamente rosa del folleto, haciendo que se destacaran sus formas y ostentado su título marketinero. La hoja que sostenía entre sus dedos hablaba de hologramas, realidad aparente, universos paralelos, mundos alternos, divinidades y fe en la ciencia.


Aquellas palabras le despertaron un gran interés, quería saber a qué iba eso de dar una charla con tinte esotérico —y de forma tan pretenciosa— en una ciudad tan abultada de mentes intelectuales y con individuos devenidos en adoradores del periodismo, la política y el capitalismo caníbal. Extrajo del bolsillo interno de su traje un teléfono de esos con mil funciones para poder tomar nota del lugar y la fecha de la conferencia. Enseguida apretó las pisadas y siguió lentamente su camino.


Así llegó el día pautado para la charla científicoreligiosa —si acaso se me permite la imprudencia de aparear harto desgastados vocablos— y asistió a la cita con tanta ansiedad que sentía transpirados sus dedos. Tomó asiento en una cómoda butaca tapizada de terciopelo turquesa y esperó a que el salón fuera completándose de gente igual de curiosa que él.


Para cuando ya la exposición había avanzado más de quince minutos se oían las voces de los presentadores de una forma casi onírica gracias a las dimensiones de la sala, sentía las deducciones expuestas chocar contra su mente lógica y herrumbrada. Las charlas discurrían de forma incisiva, con palabras conexas que derivaban en suposiciones sorprendentes, se presentaban catedráticos con títulos en las más bastas actividades, monjas, docentes, curas, científicos. Todos hablaban con la más absoluta solemnidad acerca de deidades con nombres hindúes y otros de origen dudoso. Algunos divagaban bastante, otros a diferencia de los primeros parecían desplegar pruebas reales y contundentes que afianzaban sus palabras. Afirmaban que el día había llegado y eso que tiempo atrás se llamó religión estaba haciendo las paces con esto que hoy  llamamos ciencia, que estaban llegan a fusionarse en un éxtasis de armonía aplastante. Que el futuro ya había sido y que era exultante, que el alma tenía peso y que los pensamientos eran tangibles, que la voz era parte del espíritu y que la comida muerta era muerte, que las reencarnaciones sucesivas y el paraíso se yuxtaponían describiendo una realidad absoluta. Que el ego es enfermedad y que el horóscopo es sinónimo de karma, que la oscuridad es la verdad y que esta luz es el sueño, la ilusión, con la que los dioses aprenden a ser perfectos, que su materia pendiente son nuestros deseos reprimidos, que su dolor más grande es nuestra incapacidad de ser felices. Que las monedas tiradas en la mesa tienen un mensaje encriptado que viene desde el futuro, porque todo el universo está organizado y la cosa está en aprender a leer la vida. Que el genoma y el éter son indivisibles. Que todo es, fue y será de distintas forma a cada instante, y que lo que se siente real es apenas una intersección de múltiples y simultaneas realidades.


Para cuando ya sentía que tanto sentimiento encontrado le embargaba, precisó con urgencia huir. Tantas certezas le golpeaban con demasiada fuerza, quiso escapar. Tantas verdades concatenadas se sentían resonar en su cuerpo, en su mente, confundiéndose entre exaltación y tristeza. Halló la salida de aquel edificio y siguió por donde había llegado.


Encontró una cafetería —ya eran más de las cinco de la tarde— entró y se sentó junto a la ventana para disfrutar la vista, la camarera se acercó y con amabilidad le pregunto que deseaba, le pidió una taza de café con leche y algunas medialunas. Mientras esperaba que le trajeran su bocado miró hacia el paisaje urbano con cierta luz en sus pupilas. Afuera la gente paseaba, algunos se tomaban de la mano, otros corrían y él con la vista perdida en el universo soñaba despierto, conteniendo esa sensación de suma pesadas que le relajaba tanto, decidió que se sentía más feliz sabiendo nada.

domingo, 12 de junio de 2011

Ajedrez

Arrastró el peón sobre el casillero haciendo rechinar el tablero y rompiendo el silencio. Como siempre había elegido las piezas negras, esas que le daban la ventaja de saber cuál era el primer movimiento de su enemigo. Ese primer movimiento que delataba a su adversario en cada gesto, cada duda, cada respiración. Tenía en la línea de ataque a un caballo y la única torre que le quedaba. Todavía estaba en pie la reina. El rey había sufrido los jaques cantados por su oponente que querían ser mate pero no podían. Alzó la vista con detenimiento y la mirada de aquel tipo paseaba de una punta a la otra por el campo de batalla mientras sus dedos le acariciaban la barbilla en signo de concentración.

De repente un dedo índice apuntó tratando de dibujar ciertas coordenadas y sin surtir fruto alguno las movidas fueron descartadas una tras otra. Era un hombre con cierta rigidez en la frente y su ojo derecho parecía resistirse a enfocar por la forma en que lo fruncía. En eso él sintió que la decisión estaba tomada, no se equivocó. Su contendiente hizo una pausa, bajó la mano y fijó la mirada hacia algo que parecía no existir.

No se palpaba tensión, no se respiraba impaciencia, la calma se hacía sentir inerte, pesada, amable.

El hombre dirigió la mano hacia el alfil que estaba en frente a su peón, justo en la posición que servía de barrera a cualquier ataque que el rey blanco pudiera sufrir. Hizo inclinar el alfil que ya asía entre el dedo índice y el pulgar, lo levantó con cautela, haciendo sentir la importancia del movimiento. Apenas un casillero por delante y en diagonal a su peón el alfil descansó, la jugada estaba hecha.


Sintió algo de decepción, sus pronósticos fallaron, su oponente se hacía sentir débil, desganado. Tomó un sorbo de algo que le acompañaba a un lado del tablero de juego y mientras alejaba la bebida se le escapo un suspiro de superioridad. Casi sin pensar lanzo a su reina negra hacia una victoria segura, descargando en la pieza toda su vida. Gozando de placer por cantar un jaque definitivo, llegar a un jaque mate caminando sobre la alfombra roja, destruir con elegancia a su patético adversario.
Jaque —Se le escapo de entre los labios con una rara combinación entre alegría e ira.

Aquel tipo se recostó en el respaldo del asiento tratando de asimilar la situación. Parecía dudar y los dedos de su mano izquierda seguían jugando con la barbilla. Por un instante pareció vencido o quizá fue lo que nuestro amigo quiso ver.

Lo que siguió fue una sucesión de movimientos rápidos hacia ambos lados del tablero y una frase final que aquel hombre de frente rígida pronunció con voz seca.
Jaque mate se levantó con total tranquilidad y se fue.

miércoles, 27 de abril de 2011

Espera

Llega cierta época de la vida en la que esperar es la única opción y asumir esa postura le otorga a uno la dignidad de la paciencia. Sus días parecen ser copias burdas entre sí y a pesar de esto cada movimiento o sensación parece ser única e irrepetible. Sentarse, pararse, caminar, escuchar, respirar. Absolutamente todo asume una connotación más importante y pausada.

Las tardes se pueden desmembrar en sonidos del viento, sombras de árboles y plantas, luces reflejadas por el agua, cantos de pájaros; palabras en la cabeza, que se pelean por ser recordadas.

Levantarse a la mañana es saber que el día por delante va a ser parecido a ese que le precedió, pero que de igual forma es un día más que entrará en la historia de uno, haciendo bulto en la memoria y con la tarea de respetar a esos días que llevan más tiempo guardados y se han ganado la jerarquía del que perdura.

Irse a la cama y acabar el día es saber que estar vivo en la próxima jornada es una incertidumbre. Pero que entre ese día y el próximo se puede vivir una vida entera en un sueño que se transforma en esa realidad paralela y que - cuando uno no está durmiendo - tanto ansía.

Las anécdotas se vuelven compañía porque toman cuerpo dentro de la mente y se hacen tangibles para el alma, quien las mira y las recorre.

Mientras que el futuro es un asunto del destino y a pesar de esto puede ser imaginado, al igual que el final de una película inconclusa.