miércoles, 27 de abril de 2011

Espera

Llega cierta época de la vida en la que esperar es la única opción y asumir esa postura le otorga a uno la dignidad de la paciencia. Sus días parecen ser copias burdas entre sí y a pesar de esto cada movimiento o sensación parece ser única e irrepetible. Sentarse, pararse, caminar, escuchar, respirar. Absolutamente todo asume una connotación más importante y pausada.

Las tardes se pueden desmembrar en sonidos del viento, sombras de árboles y plantas, luces reflejadas por el agua, cantos de pájaros; palabras en la cabeza, que se pelean por ser recordadas.

Levantarse a la mañana es saber que el día por delante va a ser parecido a ese que le precedió, pero que de igual forma es un día más que entrará en la historia de uno, haciendo bulto en la memoria y con la tarea de respetar a esos días que llevan más tiempo guardados y se han ganado la jerarquía del que perdura.

Irse a la cama y acabar el día es saber que estar vivo en la próxima jornada es una incertidumbre. Pero que entre ese día y el próximo se puede vivir una vida entera en un sueño que se transforma en esa realidad paralela y que - cuando uno no está durmiendo - tanto ansía.

Las anécdotas se vuelven compañía porque toman cuerpo dentro de la mente y se hacen tangibles para el alma, quien las mira y las recorre.

Mientras que el futuro es un asunto del destino y a pesar de esto puede ser imaginado, al igual que el final de una película inconclusa.