Arrastró el peón sobre el casillero haciendo rechinar el tablero y rompiendo el silencio. Como siempre había elegido las piezas negras, esas que le daban la ventaja de saber cuál era el primer movimiento de su enemigo. Ese primer movimiento que delataba a su adversario en cada gesto, cada duda, cada respiración. Tenía en la línea de ataque a un caballo y la única torre que le quedaba. Todavía estaba en pie la reina. El rey había sufrido los jaques cantados por su oponente que querían ser mate pero no podían. Alzó la vista con detenimiento y la mirada de aquel tipo paseaba de una punta a la otra por el campo de batalla mientras sus dedos le acariciaban la barbilla en signo de concentración.
De repente un dedo índice apuntó tratando de dibujar ciertas coordenadas y sin surtir fruto alguno las movidas fueron descartadas una tras otra. Era un hombre con cierta rigidez en la frente y su ojo derecho parecía resistirse a enfocar por la forma en que lo fruncía. En eso él sintió que la decisión estaba tomada, no se equivocó. Su contendiente hizo una pausa, bajó la mano y fijó la mirada hacia algo que parecía no existir.
No se palpaba tensión, no se respiraba impaciencia, la calma se hacía sentir inerte, pesada, amable.
El hombre dirigió la mano hacia el alfil que estaba en frente a su peón, justo en la posición que servía de barrera a cualquier ataque que el rey blanco pudiera sufrir. Hizo inclinar el alfil que ya asía entre el dedo índice y el pulgar, lo levantó con cautela, haciendo sentir la importancia del movimiento. Apenas un casillero por delante y en diagonal a su peón el alfil descansó, la jugada estaba hecha.
Sintió algo de decepción, sus pronósticos fallaron, su oponente se hacía sentir débil, desganado. Tomó un sorbo de algo que le acompañaba a un lado del tablero de juego y mientras alejaba la bebida se le escapo un suspiro de superioridad. Casi sin pensar lanzo a su reina negra hacia una victoria segura, descargando en la pieza toda su vida. Gozando de placer por cantar un jaque definitivo, llegar a un jaque mate caminando sobre la alfombra roja, destruir con elegancia a su patético adversario.
—Jaque —Se le escapo de entre los labios con una rara combinación entre alegría e ira.
Aquel tipo se recostó en el respaldo del asiento tratando de asimilar la situación. Parecía dudar y los dedos de su mano izquierda seguían jugando con la barbilla. Por un instante pareció vencido o quizá fue lo que nuestro amigo quiso ver.
Lo que siguió fue una sucesión de movimientos rápidos hacia ambos lados del tablero y una frase final que aquel hombre de frente rígida pronunció con voz seca.
—Jaque mate —se levantó con total tranquilidad y se fue.