Trata de enfocar la mirada mientras dibuja con la punta del dedo el contorno del monte que queda inmóvil a la distancia. Respira tan cerca del vidrio que este se empaña y le facilita la tarea de delinear el paisaje.
El tren va rápido, el monte queda lejos, inmóvil. Son ya las siete de la tarde de un otoño amable que hace a la vida más liviana mientras la brisa (que es casi viento) y los colores del sol se filtran entre el pasto alto.
La rapidez con la que se mueve el tren proyecta figuras en la ventana. Las sombras toman la forma de alguna película del cine mudo. Las voces de los pasajeros son tantas que todas juntas y superpuestas dotan a ese momento de un ruido constante que le adormece y le sumerge en un sueño calmo. Algunos sentados en grupos, otros de a pares o solitarios. Alguna carcajada se dispara. Se ladran gritos de discusiones que por momentos parecen ser tan efusivas y que al instante quieren encontrar un resguardo, una calma tan fugaz que las piensa efecto de la velocidad del viaje, de las sacudidas en alguna que otra curva, de las vías que crujen gracias al tren que las aplasta.
Los que están parados son contados personajes de profusa imaginación que entran a escena ofreciendo a precio de ganga esas lapiceras con tinta de gel y brillantina, la discografía completa en calidad de emepetres del cantante de turno o seduciendo con propuestas gastronómica de la más amplia gama y del más dudoso origen.
El tiempo avanza sin tropiezos, el sol queda cada vez más abajo mientras que a cada instante las imperfecciones de la vida se exponen con una nitidez deslumbrante en la rugosidad del asiento, en el frió del metal, en la chapa que vibra, en el piso que se pisa. En dirección opuesta un árbol parece avanzar a toda velocidad. Y otro árbol más. Y uno más. Todo a la vez y en un caos tan orquestado que sorprende.
Él quiere saber si se acerca a destino o si el destino se acerca. De repente el vagón salta o parece saltar. Él vuelve a sus apuntes con el lápiz entre los dedos de la derecha y en los de la izquierda una goma blanca bastante gastada.
Todavía no inició el texto porque las ideas abundan y se estropean unas a otras de tanto golpearse. Sabe aguardar a su inspiración que de tanto en tanto se escapa a sabiendas que su paciencia es la única virtud que nunca le falla. Quizá su paciencia sea más una costumbre antes que una virtud y todo mundo aprende de una u otra forma que las costumbres se incorporan a la fuerza, aunque nadie lo acepte ellas se fusionan con uno y poco a poco forman parte de lo que uno es y será. Por eso son costumbres y por más que puedan borrarse nunca desaparecerán sin que quede alguna cicatriz.
Entonces aprieta el lápiz entre el índice y el pulgar (y contra la hoja de papel) así la primera frase aparece y en lo único que puede pensar es en una historia que acaba de leer hace algunos días.
La vida aprende del ser, quien evoluciona en el lenguaje. El lenguaje crece en el dialogo y amar es la forma más intensa de dialogar.
La relee y quiere creer que la frase es suya, que nació de su mente, de su alma. Que cada letra la dibujó su lápiz, que las palabras se desprendieron hacia una armonía perfecta y que el mensaje escapa de la cursilería barata.
Vuelve la vista hacia el paisaje y el sol es apenas una luz anaranjada que está mucho más allá del horizonte.
Sabe muy bien que no es cierto, que su imaginación está en otra parte, que su alma esta partida, que sus palabras son burda copia de tantos y tantos textos que guarda en la memoria, que su creatividad es falsa, que para el día de hoy fue bastante, que para la madrugada estará ya en destino y podrá continuar evadiendo a la felicidad como siempre lo hace.