domingo, 25 de marzo de 2018

Silencio

Cuando es en letra imprenta y en primera persona la veracidad de un texto es innegable. Posar la vista e interpretar con certeza cada símbolo que la mente descifra en el contexto de la palabra interactuando con el conjunto que conforma la oración. Concatenándose con esa tormenta de ideas que ordenan esa realidad interior tan compleja que deriva de la conciencia. Esa voz que de repente es encausada por las letras del texto y abre paso a esa otra realidad distante del papel y la tinta. Una realidad que no se apodera de inmediato, sino que por el contrario discurre con paciencia entre los orificios que la voz interna descuida, formando surcos que dejan flanquear esas reflexiones laxas del fluir cotidiano. Envolviendo los pensamientos con ideas más jóvenes, absolutas y desprovistas de toda norma lógica.

El lenguaje del texto marcando la directriz que estimula a la curiosidad para que ésta intente adentrarse en un mundo saturado de expectativas a sabiendas de su propia naturaleza insaciable. Tratando de intuir el porvenir del discurso para intentar confirmar que cada uno de los deseos resultarán saciados en su justa medida y al solo efecto de cumplir con la labor de mantenerlos vivos. Así el ansia irá en busca de más, con la consecuencia invariable de despertar el hambre voraz que permanecerá latente durante todo el recorrido. Las ganas de consumir la letra, la palabra, la oración, la idea que casi puede verse a través de este párrafo traslucido.

La desilusión inconmensurable de un final prematuro seguido de una necesidad grotesca por mancillar el honor propio recurriendo de inmediato a un nuevo texto. Convirtiendo a la práctica de la lectura en un acto de adulterio, en busca de mantener ese halo de ebriedad mental en un perfecto sinfín de sensaciones brumosas. La conquista de los sentidos atravesados por cada sílaba disparada hacia la inerte pupila dentro de la agitada retina. La sombra del sonido de la letra que se acaba de escapar mientras el zumbido de la próxima letra se asoma con una imagen más pulcra, lucida e intensa que la anterior. La respiración retenida que se tropieza porque el texto logra alcanzar la entraña misma del órgano gris que se deja estimular. La vasija que busca ser desbordada y en su éxtasis permite el espasmódico momento de intromisión en el que cada pedazo de texto incita a la imaginación para que siga sin control desafiando al ensueño de ese otro mundo que continúa mutando hacia el instante mismo en el que se introduce el primer personaje del que no se sabe el nombre, pero se lo observa tomar la posición de espectador mientras descansa en el banco de aquella plaza.

Quiero oír lo que ve, dibujar lo que escucha. Observo cuando observa a todas las personas y descubre que el drama surge en ellos, quienes se transforman en protagonistas del devenir de una vida en blanco y negro. Del lápiz en la hoja.

Los transeúntes intervienen en la trama de la escena con la ejecución de sutiles colisiones de aromas, tactos y sonidos. Transitan sus existencias sumidos en el anonimato. Ese anonimato del que disfruta cada individuo que habita cualquier gran ciudad.

El viento sopla del norte y atraviesa las hojas del eucaliptus desparramando un perfume similar al de algún jarabe. El árbol cubre con su sombra justo en la posición adecuada para proteger del tibio sol de otoño a los ojos. El cuerpo se relaja y la vista hace foco en una paloma entusiasmada en picotear algunas migas de pan. Las dejó caer al piso un niño regordete que desarma a mordiscos y con desprolijidad inusitada un sánguche de dimensión exagerada. Sus manitas hacen juego con sus cachetes inflados y rozagantes.

Una mujer recia mantiene una discusión con un teléfono y, a juzgar por los reproches que vocifera, es licito suponer que siente algo de frustración. Sería un error no admitir que se trata de una lucha incisiva en la que con claridad ella debe interpretar el papel ambivalente de rabiosa y desinteresada. Manteniendo una postura rigurosa respecto de algún asunto que parece no compartir.

Un sonido metálico identifica la imagen de un corredor. Sus piernas se mueven siguiendo el compás de una música electrónica que viaja, de forma inalámbrica, desde el aparato en su brazo hacia los terminales auriculares que descargan con furia sus ondas sonoras en la cavidad de sus oídos, colisionando con los tímpanos y haciendo temblar su cráneo mientras el ruido se escapa casi en igual medida hacia el resto de la incauta humanidad que se hace participe sin ser consultada.

El repicar del marcado ritmo choca con otro sonido. Con interés, solo al principio, se observa a un grupo de adultos charlando. Paulatinamente el interés va desapareciendo y queda remplazado por una leve sensación de desprecio. La conversación está protagonizada por un reducido grupo de personas de edades surtidas que sin duda hablan de todo y de nada. Haciendo ventilar sus sonrisas de un blanco mas postizo que sus ideas, llevando sus voces a los límites de la audición, profesando agudos gritos en el trabajo de enfatizar sus mundanas y triviales opiniones. Profesando carcajadas desaforadas que se agolpan hasta asemejarse al cacareo de hordas de aves desquiciadas por lograr un objetivo imposible de intuir. Haciendo que el aliento supere el gruñir de los vehículos que circulan por la avenida adyacente a la plaza, al banco, a nuestro personaje.

Se resbala un estallido que resuena hasta desaparecer con el sonido de un freno. Un muchacho desciende de una moto. Una señorita se asoma con alegría. Ella golpea sus manos como aletas de foca mientras festeja con la mirada brillante. Él se saca el casco y desparrama al viento sus cualidades de idoneidad obtusa mientras toma por la cintura a la jovencita. Se funden en un abrazo mientras se roban el aliento enredados en besos de resucitación y ahogo incesante. Con sus palabras dulces y sus amenazas de sexo casi tangible. Munidos de una pasión empalagosa, con sus te quiero embelesantes y esos te amo tan cursis. Prometiéndose eternidades empastadas, indisolubles, encastradas, deformes, atemporales.

Mientras que a contrapelo y con una parsimonia inusitada se acerca un hombre de edad abultada que ase entre sus labios una pipa de algún póstumo siglo mientras camina con pies asíncronos que se arrastran en un intento por avanzar hacia algo que se podría llamar fin antes que futuro. Se oye a cada paso errante ser acompañado por la expulsión de una tos seca con la que el viejo canoso intenta despejar su garganta, encontrando mayor éxito en despeinar la peluca barata que posa en su cabeza apenas poblada, antes que en lograr su inicial objetivo. Tiene la cara esculpida con una desprolijidad que se presume merecida y la piel salpicada por manchas conferidas por la ejecución de abusos innombrables pero visibles.

En eso la paloma de las migas decide que ya no hay comida disponible, levanta vuelo por un instante y llega hasta el banco, donde se posa sin más. Sacude la cabeza para fijar la vista y sus ojos se quedan estudiando al personaje sentado.

La culpa recorre su espina dorsal. Trata de descubrir qué hay de real en esa mirada acusadora. Sin tantas herramientas para discernir lo real de lo imaginado el espíritu inquisidor encuentra tranquilidad en la invención. Sabe con presuntuosa certeza que esos pequeños ojos ven al estereotipo de hombre insípido que él cree encarnar para cualquier observador. Los clásicos rasgos de un hombre humillado en muchas oportunidades, pero con su soberbia intacta. Llevando con entereza algunas cicatrices en la angustia y toda esa mierda en su cabeza, vomitada en vasos de alcohol en los que se da esa doble transición en la que tragar es despojarse de la carga con la ayuda de esas bebidas corrosivas. Tomando con placer enfermizo algún ron barato, vodka de grano para ganado o algún tequila en caja de cartón de a litro. El entrecejo cargado de lágrimas adeudadas que no van a brotar jamás porque son retenidas para evitar que el dolor haga mella en el alma y por obvia consecuencia causando más dolor. Provocando esa mirada perdida en el fondo del vaso, dejando que el olor escale por sus fosas nasales y le pudra por dentro.

Ve a esas pequeñas canicas oculares que lo inspeccionan. Sabe que infinidad de veces se miró en otros espejos, tantas veces pudo haber sido algo más y ninguna de esas veces fue así. Quizá todas esas oportunidades están sucediendo justo ahora. Quizá es el estereotipo del fracaso. Con la bufanda desvencijada, la campera de cuerina cuarteada y los jeans sucios. Los pies crudos de frio y la polera que ahoga reteniendo la traspiración. Ese olor nauseabundo supurando desde la piel, los poros ahogados, el alcohol en las venas en lugar de sangre.

Todas esas oportunidades en las que pudo retractarse y purificar el camino. ¿Acaso el alcohol no es un desinfectante? ¿Acaso no es posible curar una herida con el veneno que la engendra? Claro que las respuestas son todas y por lo tanto ninguna. Se vislumbra a primera vista que las largas noches durmiendo de frio con los pies desnudos debería ser una razón más que suficiente para que la cicatriz tenga su propia explicación. Porque todo se consuma en vida. Esta vida que se extiende hacia adelante observando cómo se acorta la distancia con el tren que avanza de frente y lleva rubricada la orden de defunción. Se va superando cada atasco con una explosión de mierda haciendo volar todo lo que se siente como seguro. Las idas y vueltas internas revolviendo entre la ropa sucia que se olfatea para encontrar la prenda menos inmunda. El color de las paredes húmedas y los hongos creciendo por entre las rajaduras del cemento. La virginidad de la sábana que todavía no cumplió con su decena de mujeres revueltas, zamarreadas y sucias.

La mugre del ombligo mental. La neurona del hemisferio izquierdo que perfora la fuente de las respuestas con la esperanza de encontrar, pero sin el entusiasmo inicial después de aprender gracias a esos golpes que propinaron los reiterados fracasos. Sabiendo que dentro hay algo que se debe sacar. Negándose a la resignación del cadáver. Uniendo los retazos de nada que están desparramados, los nombres esculpidos en la voluptuosidad de las cinturas, los cabellos abandonados, los ojos colmados de agua, las pelusas exploradas. El vahído en el que todo se vuelve penumbra, los latidos caen y el cerebro quiere descansar. Hay una cortina flácida que recorre la realidad amarga para ocultarla por un instante. Hurgar en el recuerdo extendiendo el índice que apunta sin dudar y toca en el centro mientras la carne se eriza con el dedo que acaricia para acelerar las palpitaciones. Se desarma la negación y el índice vaga entre las curvas que, en el trabajo de dilatarse, cambian de color. Las uñas reaccionan clavándose en las palmas con en el afán de resistir la tentación, los puños presionados, el placer inmutable prolongando la agonía. La asfixiante electricidad se desparrama en las entrañas, enciende la mecha que provoca la explosión y la onda expansiva recorre la columna logrando alcanzar. Sin saber que su meta es efímera o muy a pesar de eso. La reacción llega tarde y el gemido agitado da paso a una respiración calma que los dedos acompañan a su compás. Los ojos escoltan al brillo del espasmo y trata de pronunciarse el mareo que se siente acorralado por la complicidad del silencio. Surge el intento de escaparse y el resultado es una succión hacia algo más que se acerca furtivo insinuando un ritual de calor contra frio. Hay un ritmo que se acelera y cada pulso punza vigoroso. El lienzo acurrucado admite que se escape el sudor salado en el instante que roza el beso a los labios mojados. Se expone libre el rostro, dejando palpar el suave corazón. Se puede morder y masticar la piel. Tropieza la boca con el paladar. Chocan algunos dientes con la lengua. Se fusiona el aliento con el alma. Los instintos palpan a las sensaciones buscando la satisfacción en la contracción de músculos y la convulsión de gustos. Sin pausa ni respiro se estimulan los sentidos. Entregarse despojados en el púlpito sagrado. Que los sucesos se sucedan con la cadencia que marca el destino. Que el deseo se desvanezca en el discurrir de su ejecución.

Luego la duda de haber sido franco ya que podría habérselo anticipado pues ella no es ni será una. Portar una marca de advertencia en la frente hubiese sido adecuado para que ella anticipara las consecuencias. Quizá hay un grado de ingenuidad que resida en eso, que sea justamente eso. Pensar que es imperceptible la mirada perdida en el fondo del vaso de alcohol. Pero si así fuera entonces todo sería tan fácil y andar por la vida tendría un forzado tinte de seguridad y confianza. Confianza que le fue negada, paradójicamente, por su propia seguridad. Sabe dónde está postrado y cuanto dolor le causa, sin embargo, por inercia continúa inmóvil y con la vista clavada en el fondo de su vaso. Adivina que ella volverá a aparecer con distinta cara, distinto cuerpo, distinta voz. Intuye que se le acercará para llorar desesperanzas, pegar de bronca con la fuerza del corazón abierto y los puños en falso. Mientras le repite todas esas duras palabras que siempre tiene para escupir sobre esa herida que sabe mantener sin cicatrización, supurando para entretener su inocente perversidad y relegando sin piedad a la condena. Para desgarrar desde dentro toda esa mierda y salvarlo de la tumba, pero no del sufrimiento. Para que todo surja en el mar de su trivial existencia. Para poder alejarse a tiempo al igual que otras tantas veces, mientras él se sujeta con fervor a las frustraciones vomitadas en su vaso de alcohol.

Ese aroma suspendido en la vereda del vaso. Perfume rancio que va surgiendo en preludio de un sonido en el que crujen las hojas contra las hojas revueltas. El sonido reverbera mientras el sol acaricia a esas hojas que caen, haciendo juego de luces y sombras. El viento retoma su aroma a jarabe.

La paloma levanta vuelo en dirección a mas migas. Todo está bien.

Es sabido que a la distancia todo está libre de prejuicios. El texto, como la lagrima, puede avanzar con gran intensidad perforando la quietud y alcanzando a la emoción para corromperla y masajear sin pudor las zonas más íntimas de la vida. Para que por transición se logre hacer del instante placer o premura sin tener que decidirse por ninguno, por ambos o por una tercera opción que el propio texto desconoce, pues su esencia es el único pedazo que alcanza su cometido, abusando incluso de la voluntad de la intención.

lunes, 8 de enero de 2018

Mercadería

Aquel individuo vislumbró más allá de la verdad, sintió su esencia y supo del poder que proporcionaba.

Receloso de ese poder inventó la segregación entre sus pares, porque quería suprimir cualquier tipo de voluntad y adueñarse de las decisiones, de las emociones, de los corazones y principalmente del intelecto.

Urdió un plan sombrío en el que su cimiento fuese la institución más prestigiosa de todas las épocas, entonces halló en el dogma religioso su carta más valiosa, su as, su espada, su adobe y su pala. Un mástil con el cual clavar bandera. Forjó la estructura perfecta de repulsión por el contacto entre semejantes, para dominar sus deseos, para embrutecer sus mentes.

Sin dejar eso de lado recurrió a las ciencias, materia prima perfecta para completar el más macabro plan de exterminio de la empatía, mediante la creación de armas tóxicas que insinuaran la existencia de un riesgo letal para todo aquel que se dejase llevar por esos deseos que apenas lograba que la muchedumbre reprimiera a fuerza de amenazas de vidas eternas sumidas en un abismo repleto de castigos aberrantes.

Su idea era perpetrar un desastre que infligiera un sufrir de perversidad inconmensurable a la humanidad toda, que produzca angustia, amargura, sed de amor, hambre de lujuria. Pues sabía con certeza que así (luego de un tiempo de eficiencia milimétrica) podría arrojar una cura, una salvación para obtener la confianza y el poder desmedido que semejante empresa podría otorgarle.

Para esto pergeñó un proceso escalofriante, en el que dentro del caos de la vida pudo entrever una forma magnífica y maléfica de oprimir a todo aquel de corazón bondadoso, a través de artefactos religiosos y científicos. A través del asco y el espanto.

Hizo del amor un árbol de divergencias, clasificando y subclasificando el afecto que los seres humanos se tenían entre sí, censurando determinadas ramas para que sean practicadas en la clandestinidad sabiendo la culpa que generaría en aquel que osara consumar tales actos. Otras las tergiversó sepultándolas bajo falsa información para que jamás sean develadas en forma correcta. Puso todo eso dentro de un marco jurídico que apoyara sus ideas con estratagemas ridículas que la razón aceptó porque la lógica las veía consistentes. Premió con nimiedades a los genuflexos que delataran actividades ilícitas. Vulneró por eones la esencia misma de quienes alguna vez fueron sus pares, manipulando lo más íntimo que tenían, manipulando sus entrañas, despojando a cada ser de la capacidad para amar en libertad y de ser amado de igual forma.

Logró diseminar disfunciones fisiológicas entre algunos desacatados que no se doblegaban a las reglas pautadas, con el único objetivo de publicitar sus verdades matando a grandes disidentes sin antes aplastar sus vidas con una carga desmedida de vergüenza y sufrimiento por ser quienes fueron, por mostrarse de alma pura y ojos abiertos. Por tratar de iluminar a los devastados seguidores de aquellas reglas, de esos rituales enquistados, de esas cotas jurídicas. Exhibió el deterioro de estos disidentes de forma mesurada, para que se intensifique el sufrir a partir del tiempo que parecía dilapidar esos cuerpos hasta verlos como cadáveres andantes, faltos de aliento hasta llegar a su sepultura. Disidentes que serían, despedidos como dioses por algunos que llegaron a percibir el destello que emanó de esas vidas, repudiados por otros que veían con aberración que hayan vivido una vida plena fuera de la ley primordial.

La labor final fue incitar la creciente sensación de necesidad de eso que estaba vedado, estimulando a la mente para que despierte deseos opuestos a las reglas impuestas, alentando a sentir por indicación del subconsciente, programando a las maquinas humanas en el sentido más literal de la palabra, inculcando la necesidad de tener más, de ser insuficientes, de ser faltos de un pedazo, de infligir el principio de inutilidad a cada individuo, que sus vidas acepten estar vacías para luego llenarlas con materia descartable y sintética, dotando de necesidades fútiles a cada ser para que consumiese cualquier tipo de programación en sus distintos sabores artificiales. Siendo él mismo proveedor del hambre y de la comida, de la crisis y de su solución.

El vacío y la materia.