Adentro. Sus ojos están cerrados y algo estalla en su pecho, siente el vello que se le erecta, aprieta los labios y cree escuchar que palpitan. Su abdomen refleja cada inhalación y exhalación. De repente recuerda la imagen de un ombligo olvidado. Ésta imagen le angustia, le lastima, decide suturar su herida en silencio. Leyó alguna vez que la vida cuando quiere herir lo hace con un bisturí de precisión quirúrgica. Ella sabe que si, que la metáfora es correcta. Entonces la angustia se intensifica y clava las uñas de los dedos en la palma de la mano mientras algo salta en su corazón de forma arrítmica, así siente como corre la sangre por sus venas, se queda inmóvil sintiendo, se va hacia su interior y escucha susurrar la letra de una canción que no conoce, casi puede ver las formas que toma una bella melodía que la acompaña con unos colores ondulantes que navegan, chocan, estallan, se hunden y vuelan en un espacio negro como el gato que acariciaba hace apenas unos días. Se confunden su voz interna con la música melódica y los pelos de gato que arrastró la caricia perseguida por un ronroneo seco, todo eso en apenas un apretar de puño, mientras las uñas continúan clavadas. Mientras surge la memoria de su pueblo. Su pueblo que queda muy cerca y está vivo porque la vida se la da su gente abrigada dentro de sus casas calefaccionadas y felices. Porque el conglomerado de edificios nuevos y antiguos con sus avenidas grises y el asfalto frío a pesar del sol de las tres de la tarde es cálido y tiene vida bajo su mirada, enamorada de su origen, de su tierra. Tierra de la que escapó hace tanto, tierra a la que volvió hace solo un par de días. Mira el camino recorrido y se cree apenas un instrumento arrastrado por la marea de las vicisitudes. Mientras está en el bosque y sopla el viento, se repite a si misma que no hay tiempo, ni distancia, ni nubes amargas que palidezcan su día. Escala una de las tantas montañas para ver con más claridad desde la altura y observar a cada árbol con su memoria intacta, su esencia pura. Sabe que la sabiduría se esconde donde todo comenzó, sabe que la respuesta quedó escondida bajo un secreto visible a simple vista. Solo se debe saber desde donde observar. Ver a los árboles que bailan solos, porque solos comprenden más la vida. Bailando guardan sus secretos en las ramas y sus raíces se aferran con fuerza a la tierra, tocando a Gea para compartirle parte del éxtasis de vivir.
Luego de tres pitidos metálicos la máquina se para y ella se despierta. Lleva su taza caliente hacia la mesa. Se sienta en uno de los cuatro asientos y saca del bolsillo un teléfono. A la vez que introduce el saquito de té y los terrones de azúcar sin prestar demasiada atención, hace deslizar el pulgar encima de la pantalla táctil del teléfono parando cada cierto intervalo para prestar atención a algo que le interese. Luego deja a un lado el teléfono y toma con el índice y el pulgar la cuchara. La introduce en la taza para mezclar con énfasis más de un par de vueltas hasta que parece quedar satisfecha. Retira la cuchara y prueba la gota que queda bailando en la punta.
Quiere saber cuanta secreción emana la vida cuando se manifiesta
Quiere saber cuanto polvo levanta la tierra en ese pueblo que queda tan cerca.
Quiere esculpir su vida porque nació con cincel y martillo.